7 ago. 2011

Darwin Bedoya gana el Primer Premio en el Género de Cuento del XX Concurso Nacional de Educación "Horacio 2011"

Darwin Bedoya (Perú, 1974). Poeta y narrador. Ha publicado los libros de poesía Jardines del silencio (1998), Yarume, primera edad del silencio (2004), Oscura ceremonia (2010), Mi padre ojos de caballo (2010), Leve ceniza (2010), Terminal terrestre (2011). En narrativa ha escrito los libros de cuento Aunque parezca mentira (2008) y, Es que hacías tanta falta (2009). Como compilador publicó las muestras de poesía Cifra poética (1998), Oquendo, boletín de poesía puneña. Ha sido miembro del consejo editorial de la revista de literatura Pez de oro, Editor de la revista de literatura La rama torcida, colaborador del boletín de letras y memoria El Katari, editor de la revista de poesía El aguafiestas y, editor del boletín de letras Présago. Tiene en preparación la muestra de poesía latinoamericana contemporánea Hijos de puta: 15 poetas latinoamericanos de hoy. También el libro de artículos literarios Perpetuum mobile: apuntes sobre 12 artefactos líricos, texto que conforma el quinto número de la colección Letras de la poesía latinoamericana. Además, tiene en prensa su libro de poesía Cuaderno de ceniza y el libro de microcuentos Electra machina, la mayoría publicados con el Grupo Editorial Hijos de la lluvia y LagOculto Editores.

Walter L. Bedregal Paz
Creo que ya no es de extrañar. Era previsible, con un jurado conocedor de la buena literatura, Ricardo Gonzáles Vigil, el poeta Darwin Bedoya (Moquegua, 1974) acaba de obtener el Primer Premio Nacional de Educación HORACIO 2011 en el género de cuento. Era un premio que se venía venir. Este tercer libro de narrativa de Bedoya encarna la imagen femenina representada en diversos matices y perspectivas. La mujer como origen. La mujer, esa naturaleza para muchos ignota y refulgente. La mujer mítica. La mujer egregia. La mujer ficticia. La fatale femme. La mujer ama y señora del placer carnal. La mujer niña y madre fervorosa. La mujer, desde Eva hasta Marylin Monroe, ha sido y es un sueño imperdible, excelso, la razón para existir; el deshuesadero, el final y el comienzo del hombre.
Hay una desmedida ternura en las frases poéticas que componen este libro. La selección de personajes femeninos para ser reescritos es bastante abarcadora y compleja. Creo, sin lugar a dudas, que esta es una bella relectura con derroche de armonía intertextual, con el goce de una cadencia medida por la sapiencia de las historias leídas en otrora. Todo ello hace que este conjunto de textos breves tome fuerza, euritmia, eufonía, asuma un contenido pulcro a través de una mirada serena, palpitante y, a veces, viril. Técnicamente es un libro compacto, pulcramente infractor, cabal en el número de palabras y en el lenguaje que vuelve a acusar a un poeta escondido. Este es un libro equilibrado, sin palabras forzadas ni rebuscadas. Este es un remake, una colección de sueños escritos, un bosque de luciérnagas.
En exclusiva el autor nos ha facilitado uno de los 52 microcuentos que conforman su libro ganador Bosque de luciérnagas:

C u s i C o y l l u r
Creyó entender que sus jadeos interminables eran sólo gemidos de placer. Imaginó que su desesperación era parte de un asalto a su tranquilidad y nada más. Supuso que rasgaban sus partes íntimas hasta los topes del dolor. Comprendió que esos movimientos sobre su cuerpo eran solamente caricias y vaivenes de puro placer. Sintió que sus caderas se ensanchaban prematuramente. Su pecho palpitaba como si desde hace tiempo fuera ya una mujer. Concibió que llegaría a perder, irremediablemente, su virginidad. Pero él, Ollanta, seguía rasgándola, seguía enterrando en aquel hermoso y níveo cuerpo, sus besos amargos y gruesos. Continuaba besándola con sus eructos de coca verde y amarga. Seguía jadeando con imprecaciones duras, parecían onomatopeyas quechuas que ella entendía perfectamente.
Y al voltearla como un guiñapo sobre la mantilla hecha con fina lana de vicuña, seguía, con sus ásperas manos, aplastando los turgentes pechos de Cusi Coyllur. Hasta que el sudor llegó a gotear de su mentón y sus pómulos pronunciados y broncíneos. Sólo entonces él dio por terminada la faena. Y al fin, viéndola agotada, ensangrentada y sin sentido, se marchó del lugar.
Horas después llegaba hasta los aposentos de Pachacútec, para decirle que su encargo había sido cumplido exactamente como lo habían estipulado la noche anterior.

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