23 ago. 2009

GAMALIEL CHURATA: EL INSURGENTE SILENCIO





Por Arthur Zeballos Herrera

Hay una correspondencia extraña que se repite en ciertos sucesos subjetivamente trascendentales. Nudos o tensiones equidistantes adosadas sobre planos verticales que observamos con cierta desconfianza. Coincidencias atadas por algún numen primitivo, proteico y delirante o, en el entendimiento de Pascal y la repetición metafórica de Jorge Luís Borges, por una esfera “cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna”.

De tal forma se configura la obra de Gamaliel Churata, llena de esas extrañas coincidencias que pueden provocar raras o previsibles actitudes y que ahora, para la extravagancia, resumo en dos; ambas distintas pero complementariamente necesarias dentro de la realización de un mito subterráneo en la literatura nacional. Por un lado, el amplio espacio del desconocimiento y la desidia alimentado desde un foso de desgracia, y por el otro, angosto y reducido, la teodicea hacia un escritor que es el principio y fin de la estética más antisistema y vanguardista de nuestro país.

El Pez de Oro, cuyo autor nació en nuestra ciudad un 19 de junio de 1897, texto que fue quemado en su primera versión por una célula fascista en Puno el año 1927 cuando al país le brotaba purulentos los designios del castellanísimo Augusto B. Leguía y Salcedo, encontró el año 1957 al fin el papel y tipografía que redimieran a su tallador como excelente narrador, poeta, ensayista, pensador, político y militante. Treinta años después —y vaya usted sacando su cuenta— la municipalidad de la ciudad de Puno, ciudad cede de la más alta vanguardia sur-andina, reeditó el texto en una edición que ahora es inhallable.

Ese velo que se cierne sobre esta obra —30 años entre nudo y nudo—, su actual condición de inhallable, el silencio típico de la crítica centralista, no la dejó de atribuir persistentemente a esa esfera espantosa de la cual habla Pascal y Borges. Y es que algo sobrehumano y sin lógica llueve y humedece la obra de Churata, algo que excede en forma los parámetros de lo permisiblemente occidental. Entiendo, con Agustín de Hipona, que lo divino no se encentra fuera, sino en el propio ser que lo contiene. Y El Pez de Oro, es descabelladamente divino, es el gran mito del todo absoluto que está en las raíces antropológicas de la cultura. Es en sí mismo un absoluto porque su tallador la genera a partir de su mundo andino vegetativo. Utiliza lo que encuentra a su alrededor y pronto lo hace instrumento. Lo que sigue es la mitologización del instrumento, del texto, es decir, en palabras del propio Churata, “del fruto artificial, y ello aunque absurdo y paradojal aparentemente, es posible, en sus consecuencias, el de mitologización es un proceso de diferenciación y de síntesis, por tanto de utilidad, y [el texto] es aquel episodio sensorial en que el hombre ha materializado sus entelequias. Por este camino el hombre se encamina a la formación del hombre”.

A partir de esta posición ética, estética, ideológica y política es que Churata se va haciendo terriblemente lejano. Es más, pierde su individualidad. Muy temprano deja de llamarse Arturo Peralta Miranda (nombre asentado por sus padres y que lo emparientan con Alejandro Peralta, otro de los hitos de la vanguardia puneña y con quien forma el grupo Orkopata) para tomar el nombre con el cual místicamente hoy le conocemos. El destierro es físico y pronto coloca su pensamiento bajo Bolivia. Del Perú lo aleja la dictadura de Sánchez Cerro, el militarismo civilista de Oscar Benavides. Lo aleja, me animo a decir, la segregación cultural, el desprecio por el indio y todo lo que lo conforma. Ya en Bolivia su labor se hace más beligerante a través del periodismo. A su vuelta los planos son distintos y entonces su obra se cubre de silencio. ¿Quién podría comprender el absoluto de El Pez de oro? Apenas algunas aproximaciones se ven en la escena, pero como indígena, aborigen y salvaje es su propuesta, Churata asusta y nadie se le acerca.

Hay una correspondencia extraña entre la obra de Gamaliel Churata y el silencio, una correspondencia que se proyecta en planos infinitos hacia la razón de quien ha entrado en el vértigo de su escritura, de su pensamiento y política. Porque ante el absoluto no nos queda otra cosa que el insurgente silencio.

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