3 ago. 2010

Alfredo Herrera Flores: En el mar de la lírica

Escribe: CAMILO H. SÁNCHEZ SERRUTO

Alfredo Herrera Flores (Lampa, Puno. 1965) poeta puneño y navegante perpetuo de la lírica vuelve al cordón umbilical de la prosa amorosa con Mar de la intensidad que será publicado este año. De vuelta por la tierra del origen de los orígenes, confirma una vez más que Puno sigue siendo una tierra de posibilidades infinitas. De maravilloso y enigmático paisaje, de mágico y subyugador lago.

Hablando de su poesía con Mar de la intensidad vuelve al verso lírico que trabajó con inusitado éxito y que le valió el premio Copé de Poesía de 1995. Con siete libros de poesía en su estante personal, volverá este año con dos libros más que publicará. Ahora, después de su navegar por el mar de varias ciudades está radicando en la ciudad del Cusco.
Siempre será reconfortante adentrarse por esa vena sublime y sin tropiezos que es su poesía. Desde Montaña de jade hasta este último libro, Alfredo continúa navegando, fiel y timón en mano y mirada infinita por los mares no del desasosiego como desde la otra orilla nos ofrece Fernando Pessoa; sino por un límpido mar infinito donde espera que lo reciba como a un puñado de flores.
Mar de la intensidad
En el mar del sur
hay lluvia de palabras,
canto incompleto.

Un paisaje se dibuja mar en el color de tus aguas mansas, un paisaje se diluye en el color de tus aguas violentas. El tiempo habita también tus aguas, paciente, con un poder oculto y silencioso, listo para aniquilar el sueño y atormentar a las criaturas con su capacidad de dejar huellas, marcas, arrugas. Es otra guerra, más letal, desgarrada, ciega y sin pausa, pero es la misma historia, mar. Y cada cita, cada encuentro, cada vez que el desamparo acecha, el tiempo vuelve, hacia el principio, o el final.
Todos tenemos heridas causadas por el tiempo. La muerte nos sigue los pasos. El mar es buena tumba. Ah sepultura, mar de la serenidad, acógeme como a un puñado de flores.
Nadie espera, salvo alguna palabra de despedida, una voz funeral, una humedad y el hastío. El mar nos acoge, libre, como en un sueño.
Cada palabra que se une al poema merece un canto. Hay un viejo y ciego vigía que las ordena, haciendo uso de un secreto y antiguo don. El sueño se precipita, denso y mudo, nosotros somos todo y ninguno, frecuentes, habitantes y herederos de la costumbre, el sueño es una hazaña que se celebra al alba, con el tenue sonido de las olas. Ah rumor de las olas.

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